
Dirijo mi mano hasta
el sacapuntas, mientras que en la otra, tengo el destornillador. Lo cojo y con tantos temblores se me cae. Me
agacho y lo cojo. Como puedo, empiezo a
desenroscar el tornillo que une el sacapuntas con la cuchilla que tiene. Cuando
consigo sacarla tiro lo que queda del sacapuntas hacia un lado y entonces con
un mechero, quemo la cuchilla, para no coger ninguna enfermedad. La paso por
alcohol. Me miro en el espejo. Veo mis ojeras, mis bolsas. Mis ojos rojos de
tanto llorar. Miro mi cuerpo y me repugno.
Noto el asco que doy y pienso “normal que la gente me mire mal”. Miro la
cuchilla y miro mis muñecas. Y entonces
sin pensármelo dos veces, me corto. Me corto hasta que empieza a salir sangre,
hasta que duela. Pongo la muñeca debajo
de agua caliente para que salga más sangre. Siento que me lo merezco, que me
merezco eso y mucho más. Sin saber como, he acabado llena de cortes. Todo el
dolor reflejado en cada corte. Cada corte con una explicación. Luego los curo uno por uno. Los miro. Me miro
en el espejo. Me giro, abro el cajón
donde nadie mira y entonces, guardo la cuchilla pensando “espero no volver a
utilizarte”. Sonrío y salgo de mi habitación como si nunca hubiera pasado nada.
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