lunes, 6 de agosto de 2012

Nunca más, dije.

Dirijo mi mano hasta el sacapuntas, mientras que en la otra, tengo el destornillador.  Lo cojo y con tantos temblores se me cae. Me agacho y lo cojo.  Como puedo, empiezo a desenroscar el tornillo que une el sacapuntas con la cuchilla que tiene. Cuando consigo sacarla tiro lo que queda del sacapuntas hacia un lado y entonces con un mechero, quemo la cuchilla, para no coger ninguna enfermedad. La paso por alcohol. Me miro en el espejo. Veo mis ojeras, mis bolsas. Mis ojos rojos de tanto llorar. Miro mi cuerpo y me repugno.  Noto el asco que doy y pienso “normal que la gente me mire mal”. Miro la cuchilla y miro mis muñecas.  Y entonces sin pensármelo dos veces, me corto. Me corto hasta que empieza a salir sangre, hasta que duela.  Pongo la muñeca debajo de agua caliente para que salga más sangre. Siento que me lo merezco, que me merezco eso y mucho más. Sin saber como, he acabado llena de cortes. Todo el dolor reflejado en cada corte. Cada corte con una explicación.  Luego los curo uno por uno. Los miro. Me miro en el espejo.  Me giro, abro el cajón donde nadie mira y entonces, guardo la cuchilla pensando “espero no volver a utilizarte”. Sonrío y salgo de mi habitación como si nunca hubiera pasado nada. 

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